Cap. 7 – Paseo de campeones

ESTER ROA 53

[LA RUTA DEL FÚTBOL] Santiago a Concepción se puede hacer en avión. Un viaje que ofrecen por precios incluso más bajos que un transfer del centro al aeropuerto. Es cómodo, tranquilo, de alrededor de una horita. Un placer para los 500 kilómetros que separan a las dos ciudades más importantes del país.

El problema es cuando el viaje se debe hacer de urgencia, ya que después de horas y horas de espera en una fila virtual de un deficiente sistema de venta de entradas, se consiguen cuatro tickets para la definición de un campeonato. Y más encima, en fin de semana largo. En diciembre, con temperaturas propias del verano en épocas de calentamiento global. Un trayecto terrestre que recorre 5 regiones de nuestro país. Sí, conté a Chillán como región. Ñuble Región.

Colo-Colo, con dos puntos de ventaja sobre su más cercano perseguidor, se juega frente a Huachipato la opción de lograr una histórica estrella número 32. El escenario, por fines económicos y de seguridad, se traslada desde Las Higueras, donde siempre ha hecho de local el equipo acerero, al portentoso y prácticamente virgen Ester Roa Rebolledo.

Ya con las entradas no en la mano, sino en PDF, el siguiente paso es convencer a la mamá de Relatorcín de hacer un paseo inolvidable. Juntitos y felices los cuatro, iremos al paradisiaco sur de Chile, en un fin de semana mágico, para compartir en familia del tierno verano penquista, conocer las bondades del Biobío y de paso, por supuesto, estar presente en la fiesta popular. No hay muchas opciones. Tiene que decir que sí por obligación, porque ya tenemos las valiosas entradas, por las cuales muchos colocolinos se hubieran acriminado, literalmente. Sin embargo, en su eterna bondad, dice que sí y lo hace por gusto. Le gusta esto de los paseos.

Relatorcín recibe la noticia del viaje con inmensa alegría, pero advertido en todos los tonos, que este será su regalo de Navidad y que no venga con cuentos que aún cree en el Viejito Pascuero. Saquémonos las caretas, no sigamos con esta farsa.

Reguatoncín, aun no ávido de temas futboleros, mas sí de paseos en auto, se entusiasma al subir y escuchar cómo se enciende el motor, sin saber todo lo que le espera.

El recorrido que partió cerca de las 9 de la mañana del viernes feriado es larguísimo, con frecuentes y excesivas paradas para hacer pipí, con repetitivos juegos del estilo de “qué número estoy pensando”, peajes por montones, calor, quejas, ansiedad, abundantes controles policiales, ventanas abiertas que no dejan escuchar nada y ventanas cerradas que provocan dolores de cabeza y que me hacen recordar por qué odio el aire acondicionado.

Luego de una interesante y componedora parada a almorzar en un lugar muy bien llamado Los Ganaderos, donde las proteínas y la grasa se funden en un abrazo apetitoso, seguimos rumbo a la capital de la VIII Región. El calor es agobiante, el estómago pesa y las ganas de llegar luego son irresistibles. Algunas banderas blancas, aisladas, nos indican que vamos por la ruta correcta. Lamentablemente, aún queda la mitad del camino.

Un trío de horas después y luego de un peaje carísimo entre Chillán y Concepción, por fin vemos el ansiado “Bienvenido a Concepción” y el Waze nos guía con sorprendente exactitud al lugar reservado días antes por Booking.com y que tan bien nos recibió durante el fin de semana, con piscina, estacionamiento, wifi y desayuno incluido. Un placer.

El cansancio y la hora, no nos permiten recorrer la ciudad ni conocer alguno de los múltiples puntos turísticos con que goza la región, sólo nos da para cruzar la pasarela peatonal que sobrepasa una de las múltiples carreteras y dirigirnos lo más rápido posible a un gigantesco patio de comida, donde Relatorcín goza de su restaurante favorito, hamburguesas y hotdogs de verdad, qué rico ser amigos. Paso por el supermercado cercano para abastecerse de galletas, jugos y aguas y descanso en la pieza, donde reflexionamos que los niños ya están muy grandes. Los cuatro en dos camas, ya no es cómodo. Está bien lo de la unión familiar, pero todo tiene un límite.

Al día siguiente, se disfruta del desayuno estilo buffet comiendo cosas que jamás comería en un desayuno. Huevos con tocino, cereales, panes raros, yogures, quequitos con arándanos, mermeladas de mora y todo lo que quepa. Un lujo.

En la mañana, sólo alcanza para un paseo a un parque con harto verde, juegos con duchas y chorros de agua, unos balancines artísticos y una pequeña caminata por un cerro llamado Caracol. Al lugar, por supuesto, hay que llegar por una carretera. Ya en el ambiente se siente la presencia de los hinchas del popular. La mayoría con camisetas oficiales, la mayoría sonriente e ilusionado. Todos esperan un triunfo, terminar un año difícil con un título.

El almuerzo es a la rápida en El Trébol, donde un perfume canábico inunda el ambiente. Algunos esbozan gritos de guerra y los ceacheí se repiten cada vez con más frecuencia.

De vuelta a nuestro centro de operaciones, preparamos la mochila con pancitos, jugos Kapo que no debieran ser requisados por los guardias y algunas galletas. Nos pegamos un último chapuzón y ponemos “Estadio Alcaldesa Ester Roa, Concepción” en el Waze. El calor climático es gigante, más de 30 grados. El calor ambiental, aún más. Colo-Colo puede ser campeón.

Trabajos en una rotonda muy reconocida del sector, en la cual desembocan tres carreteras, nos obliga a darnos una vuelta gigante en busca de un estacionamiento que estuviera relativamente cercano al estadio. El ambiente es de final del mundo. Carabineros colapsados, mucho vendedor ambulante, gritos, bocinazos.

El ingreso al estadio es siempre complicado. Más en esta oportunidad y más cuando uno no sabe dónde entrar, ya que la señalética del lugar no responde a su función. Un amigo en el camino nos dice que nuestro ingreso es por una parte, pero resulta ser por otro. Qué importa, todavía falta mucho para el inicio del partido. Eso sí, el estadio ya está llenísimo. Colapsado, diría yo.

Por fin llegamos al acceso correcto y dos cosas sorprenden muchísimo. Primero, no es necesario mostrar el ticket de entrada, con el carné de identidad basta. Perfecto. Si huevean tanto para comprar la entrada y hay que dar absolutamente todos los datos, incluido el nivel de escolaridad y el color favorito, es de país desarrollado un ingreso así. Y segundo, pese a que dentro del estadio hay cientos de kilos de marihuana, petardos, fuegos artificiales, petacas por montones, botellas de vidrio y quizás qué más, el control es férreo con la mamá de Relatorcín y le quita su bloqueador solar de 15 ml. Aunque su incredulidad, nos embetunamos, aunque ya lo estábamos e ingresamos al sector Andes superior del estadio.

Dentro todo es una fiesta. El nivel de pasión sobrepasa cualquier límite. Nada impide cantar y cantar durante 3 horas esperando el pitazo inicial. Amigos, parejas, familias, gente sola, embarazadas, abuelos, cabros chicos, gente que viajó en avión, en Turbus, a dedo, todo lo variopinto del pueblo colocolino está reunido esta tarde en Collao.

El juego tiene otro ingrediente. Hay que estar atentos a lo que pasa en dos lugares más. En Santa Laura, Unión a dos puntos de Colo-Colo enfrenta al mexicano Everton y en el Nacional, la U, a tres puntos del puntero, juega con Iquique. Una mezcla de resultados podría hacer incluso que Colo-Colo fuera campeón perdiendo. Pero no es la idea.

Como nadie dijo que sería fácil, recién al minuto 70 y ya con la obligación de ganar para salir campeón por los otros resultados, el árbitro cobra un penal. ¿Dudoso? Da lo mismo, es penal para Colo-Colo y puede darse el resultado que nos entregue la copa. Pajarito Valdés, el 20 y figura durante los últimos torneos, toma distancia, remata lo más fuerte que puede y sale corriendo tapándose la boca consecutivamente con su mano derecha. Es la celebración del indio. La fiesta se desata. Comienza el carnaval. La mamá de Relatorcín mira asombrada cómo tanto. Y se asombra aún más cuándo ve al pequeño Reguatoncín a guata pelá revoloteando su camiseta número 4. El cántico que profesan las 40 mil peronas promueve el consumo de alcohol indiscriminado (y que corran las garrafas) e incita a ser protagonistas del flagelo de la drogadicción (marihuana por montón). Por este año, mierda, Colo-Colo es el campeón.

Luego de la euforia, más euforia. Dos goles más de Colo-Colo cierran un partido y un campeonato exitoso. El cuadro popular consigue su estrella número 32 y nosotros estamos ahí. Primera vez que somos testigos de esto en un lugar que no es el Monumental. Los gritos siguen, hay llantos y colapsa nuevamente la internet. Todos quieren lo mismo, compartir con los que están lejos, la alegría del triunfo, lo lindo de la victoria, lo agradable que es estar feliz. Luego de la entrega de los trofeos, del lanzamiento del confeti y de la vuelta olímpica, nos vamos. Una, dos o tres carreteras y una piscina nos esperan.

La televisión muestra, en todas sus señales, lo feliz que están los chilenos. Nosotros, agotados por el calor y las emociones, vamos a la casa de una ex compañerita de trabajo que nos invitó. Cambió la intensa, apretada y estresada vida de la capital por una vida un poquito más relajada y más amplia en las Lomas de no sé cuanto. Todo muy grato, muy rico y muy agradable. Unas empanaditas deliciosas y una entretenida conversación. Qué más se puede pedir para el día en que vimos a Colo-Colo ser campeón.

Como no todo es color de rosa, el despertar del domingo es brutal. Se acabaron las vacaciones. Debemos volver a la realidad. Un laaaaaaaargo viaje nos espera. Abusamos del desayuno, ordenamos las cosas y partimos. Eso sí, con una parada. Tomamos una carretera y pasamos a conocer el Campanil. Fotos, patos y huesos de dinosaurio. Ya, listo, nos vamos de Concepción.

La vuelta se hace eterna. El calor agota. Accedo a poner el aire acondicionado y menos de diez minutos después Reguatoncín dice que tiene ganas de vomitar. No hay tiempo, antes de llegar a 0 kilómetros por hora, cumple su promesa. Algo le llega a Relatorcín, su compañero de asiento. Todo mal. Mi polera blanca con el solsito dorado, que hacía las veces de cortina, recibe la peor parte. Unos kilómetros más adelante, nos para un carabinero. Menos mal que está todo en orden.

El almuerzo es en un lugar llamado Los Hornitos, comida casera la cual Reguatoncín mira con desgano y no es capaz ni siquiera de probarla. Sólo un pan. La detención es rápida. Lo único que queremos es llegar luego. Sin embargo, el pipí y la sed nos obligan a parar un par de veces más. Entre la tercera y la cuarta parada, Reguatoncín repite su función. El auto queda con un olor mefítico gracias a la mezcla de los jugos gástricos de un infante de 4 años con un pedazo ínfimo de pan. Así es la química. Asombrosa.

Varias horas más tardes y ya habiendo escuchado entre 13 y 15 veces el Despacito, 19 el Échame la Culpa y más de 20 el Enamorado de Lucho Jara con 330 AM, vemos la torre del Costanera Center a lo lejos. Llegamos a la capital. Fin del paseo. Un paseo a todas luces inolvidable. Un paseo de campeones.

Parada 7 de la Ruta del Fútbol: Estadio Alcaldesa Ester Roa, Concepción. ☑️

Un comentario Agrega el tuyo

  1. danny vivanco dice:

    qué bueno que le haya gustado nuestra ciudad.

    Me gusta

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