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El lunes por la mañana, cuando ya habían bajado las revoluciones del triunfazo del domingo, hice memoria de una conferencia de prensa que había escuchado hace un par semanas. Generalmente las escucho todas: al jugador de turno, al profe Guede los jueves y a quien se le ocurra ir a sentarse a la sala de prensa para responder las siempre profundas dudas de los periodistas. Pero hay una que me llamó la atención por lo que ese jugador, en específico, decía. Y como lo decía. Algunas de sus frases fueron:

  • “En un momento me tocó estar y en otro no, pero nunca tuve que bajar los brazos”

  • “La decisión la toma el técnico, pero siempre tengo que dar más, y más, y más para estar a la altura de lo que es Colo-Colo, que es el club más grande de Chile”

  • “Tengo que tratar de aprovechar al máximo los minutos, así sean 10, 15, un medio tiempo, un tiempo, de un inicio que me toque estar, tratar de hacerlo de la mejor manera, no para el bienestar personal sino para el bienestar del equipo”

  • “Ahorita no estoy viendo el tema bienestar personal, no, ahorita estoy viendo el tema bienestar del equipo más que todo para cumplir los objetivos, y este quien este, si me toca estar o no, tratar de apoyarlo de la mejor manera”

Christofer Gonzales, el Canchita. El jugador que nadie esperaba, hizo vibrar hasta las lágrimas a la mitad de Chile. El resistido y criticado, nos dejó vivos en la pelea por un nuevo título. Ese que por semanas no fue siquiera convocado, nos devolvió lo que a él mismo le sobra: esperanza.

Y ojo que no digo que ahora, por un gol, sea un súper clase y que tenga que ser titular de acá en adelante. No señor, no se desesperen. Esto que escribo no está apuntado a lo que será –o podría ser- de Canchita en el futuro. Porque no quiero apuntar a los que algunos, erróneamente, llaman revancha. ¿Revancha de qué?

Quiero apuntar precisamente a esa conferencia de hace 2 semanas. Quiero quedarme con lo llamativo que me pareció escuchar a un jugador extranjero, joven, que perfectamente podría irse a cualquier equipo de su país, decir que no se quería mover de Colo-Colo. ¿Por qué no irse de un lugar donde no juegas? ¿Por qué no ir a un lugar dónde, quizás, las criticas serán menos ásperas?

No solo no se quiere ir, también admite estar consciente que, seguro, no estuvo al nivel de lo que necesitaba Colo-Colo y por eso tenía que trabajar con más ganas para ganarse unos minutos y tratar de ser un aporte. Y ser un aporte no para llenarse de portadas, sino para que el equipo logre sus objetivos.

Quiero quedarme con ese espíritu, ese que no me llama a ver una revancha en el gol del domingo, más bien quiero ver un premio. Pequeño, quizás. Pasajero, tal vez. Que no cambiará en nada su situación en el club, eso el tiempo lo dirá. Pero un premio, finalmente, a la constancia y al no bajar los brazos. A no tomar el camino fácil.

Sé que no se convertirá en ídolo, que nadie estampará su camiseta con el 6 y el apellido Gonzales ni le harán una filial. Pero tal vez ganó algo más importante, más profundo. Se ganó un espacio en esos recuerdos imborrables del hincha. Ese recuerdo que se comenta después de muchos años con la misma emoción del día en que pasó. Su nombre, aunque se vaya sin pena ni gloria de Colo-Colo, estará atesorado en un pedacito del corazón de cada hincha que gritó y se emocionó con su gol. Como lo guardaré y atesoraré yo. Así como guardo el de Matias, el 2006, para quedar 2-1 en la final ida. O el de Felipe Flores para el 3-2 en el minuto 91.

El 2-3 del minuto 95.

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